Esta entrada es la segunda parte, si quieres ve la primera parte accede aquí.


Toma una decisión, para siempre

¿Qué cosas son las que te perturban más a menudo? Quizás son cosas que alteran tu estado de ánimo varías veces a la semana o incluso diariamente. Muchas de ellas son, si paras a pensarlo, pequeñas minucias insignificantes. Son rutinas o reacciones automáticas a las cuales has dado el poder de perturbar tu paz interior sin siquiera ser consciente de haberlo hecho.

Por ejemplo, yo hace mucho tiempo que decidí no darle el poder a otros de cabrearme cuando conduzco. En el pasado, cuando alguien me pitaba o se me cruzaba saltaba inmediatamente como un resorte. Ahí estaba yo para indignarme y hacer el típico intercambio de mirada asesina cuando uno adelantaba al otro. No sé cuantas decenas de veces caí en este sin sentido, pero un día se me encendió una luz. Siempre va a ver gente malhumorada que haga algo al volante que no me guste. Desde ese día decidí, para siempre, que nunca más permitirá que ningún amargado o irrespetuoso me condicionase mi felicidad, ni por un minuto. A día de hoy cuando esto ocurre estoy feliz porque se me presenta, una vez más, la posibilidad de ejercitar mi fortaleza mental. Mi juego consiste en conseguir desprenderme de estos sentimientos improductivos lo antes posible y ignorar la existencia de la otra persona al volante. A día de hoy lo consigo en cuestión de segundos, ni si quiera tengo la necesidad de mirarle. Mi pensamiento en ese momento es el siguiente:

Allá tu con tu infelicidad, no te voy a dar la satisfacción de perturbar mi estado de ánimo, esta estupidez no merece ni un segundo de mi valioso tiempo.

Recuerda que eres tú quien decide cómo reaccionar ante las situaciones que se presentan en la vida cotidiana. Piensa en qué cosas te molestan de manera recurrente. Comprométe ahora mismo, de manera definitiva, a no permitir que afecten tu equilibrio. Ahórrate futuros sufrimientos absurdos.

Analiza tu yo interior

La próxima vez que algo perturbe tu paz interior haz foco en ti mismo. Intenta localizar físicamente en tu cuerpo el origen de tu frustración y haz foco en analizar la verdadera fuente de tu sentimiento. Piensa si parte del enojo viene por cansancio o algún malestar físico. La mayoría de las veces la irritabilidad o malestar puede venir influenciado por un factor fisiológico.

Otras veces puede venir por algún otro desorden en otra faceta de tu vida. Por ejemplo, puede que estes discutiendo con un familiar por qué en el trabajo te va mal. La próxima vez que te ocurra has un rápido chequeo de las distintas facetas de tu vida y analiza si hay alguna descopensacion que esté afectando a otra.

¿Por qué te esfuerzas en llevar razón?

Deja los problemas allá donde pertenecen, nadie te ha pedido que te los apropies.

Alexis Sánchez

Este es un concepto al que el emperador romano Marco Aurelio acude de manera continua en su libro “meditaciones”. Cuando alguien no comparte nuestra opinión tenemos la necesidad irrefrenable de convencerle, entramos en una dinámica en la que se entrelazan emociones negativas porque el interlocutor no comparte nuestra opinión. Es como si fuera parte de los rituales humanos de socializacion. Y esto no es algo nuevo, las religiones son los signos más antiguos y claros de la necesidad humana de convéncer al prójimo de algo.

Que alguien exprese algo con lo que no estamos de acuerdo hace que nuestra paz interior se altere por arte de magia. Sentimientos de ira, frutacion y malestar nos inundan. Enseguida intentamos hacer que el interlocutor cambie de opinión (a la nuestra claro está). No pocas veces este diálogo enseguida se transforma en una discusión y de repente nos vemos encerrados en una situación incómoda cargada de sentimientos negativos.

El asunto se complica cuando lo que se discute no son opiniones si no realidades objetivas. Aquí los sentimientos como que se maximizan, el pleno convencimiento que tenemos la razón hace que argumentemos con más fuerza y que nuestra frustración interna sea mayor.

La cuestión es que da igual si es una opinión contra otra o si es una verdad frente a una mentira. Aquí de nuevo hay que hacer un trabajo de autoanalisis, la próxima vez que te encuentres en una situación similar pregúntate ¿De quién es el problema?¿Qué ganó si le convenzo que tengo razón?¿Y si no?.

Si alguien está equivocado el problema es suyo no tuyo, nadie te ha pedido que le saques de su error. Además si no le convences y habéis llegado a la discusión lo único que habrás logrado es cabrearte tu mismo y deteriorar un poco más la relación de ambos.

Si la persona al otro lado de verdad te importa y estas completamente seguro que tu visión es la verdadera, y solo si esa verdad aporta algo importante o tiene un objetivo productivo para la otra persona, entonces trata de convencerla. Para ello controla tus emociones, y ponte en lugar de la otra persona, si tu interlocutor te eleva la voz o se irrita, ¿eres más propenso o menos a que te convenzan sus argumentos? Si es una persona que te importa lo más seguro es que tendrás muchas más interacciones futuras aguardándote. Sé inteligente y juega con el factor tiempo.

El tiempo es tu mejor aliado

¿Te imaginas un ajedrecista profesional tratando de ganar a su oponente en un solo movimiento? ¿Un general tratando de ganar una guerra en un solo día? Entonces… ¿por qué hay veces que intentamos arreglar una discusión o problema de manera indemiata?

Piensa que estás en medio de una discusión, tanto tu como tu interlocutor habéis llegado a un punto en el que la discusión está en su tono más elevado, las emociones han interrumpido como un elefante en una cacharreria. En este punto los argumentos, por muy buenos que sean, de poco valen. Muchas veces nos cegamos ante lo evidente, cualquier movimiento en pos de convencer al prójimo solo empeora las cosas. Todos hemos estado ahí, sin embargo, ¿recuerdas alguna vez que hayas podido convencer a tu interlocutor? Y si piensas que lo has convencido ¿te sientes aliviado? Si sientes que has “ganado” cabe esperar que la sensación de tu interlocutor es que ha “perdido”. Cuando creemos que perdemos, en esos momentos en que la frustración asoma, difícilmente aceptaremos de manera real y profunda ningún argumento por muy razonable que sea.

Cuando te encuentres en ese punto álgido de una discusión piensa que no tienes por qué solucionar nada en el instante. Date dos días, o una semana ¿Por qué no? Date margen para montar una estrategia mejor, para meditar sobre el asunto cuando estés tranquilo, lejos de los condicionamientos emocionales del momento de la discusión.

Imaginate en ese momento en que estas en una pelea y consigues detectar que estas en un punto muerto. Imagínate diciendo lo siguiente:

Perdón no he tenido un buen día, estoy cansado y lo estoy pagando contigo. Normalmente no insistirá tanto pero es importante para mi que veas mi punto de vista sobre este asunto. ¿Te importa si mañana te enseño lo que me lleva a adoptar mi punto de vista y me das tu opinión? Quizás el que está equivocado soy yo.

Si recuerdas nuestro objetivo no es llevar razón, es solucionar el problema. En estos momentos de discusión el orgullo es el peor apoyo al que acudir. Quizás lo más difícil de la frase es decir “lo estoy pagando contigo” porque instantáneamente se asume que la culpa es de uno mismo. ¿Qué más da de quien sea la culpa? ¿No crees que tras decir esta frase tus posibilidades de conseguir tu objetivo aumentan? Y lo más importante, tendrás mucho tiempo para preparar tu argumento y tu próximo movimiento. Desde luego es una aproximación mucho más inteligente y eficaz.

Céntrate únicamente en tu zona de influencia

La televisión es el mejor ejemplo de cómo damos las llaves de nuestra paz interior a cualquier echo externo que pasa por delante de nuestros ojos.

Pongamos el conflicto político de Cataluña, ¿Cuánta negatividad ha traído a tu vida, cuantas irritaciones, discusiones y exaltaciones te ha generado? ¿Qué has hecho para cambiar la situación? ¿Podrías hacer algo para cambiarlo? Lo más seguro es que no hayas hecho ni puedas hacer nada para cambiarlo, y aunque pudieras estoy seguro que ni siquiera te has planteado hacerlo. Entonces, ¿cuál es el sentido de cabrearse y exaltarse por algo así?

Si no está en tu zona de influencia y solo te aporta negatividad, entonces es absurdo dedicar tu tiempo a estos asuntos. Da igual que sea injusto o mezquino, si no piensas hacer nada o no puedes influenciar en el foco del problema, entonces no tiene sentido malgastar tu tiempo en algo que perturba tu equilibrio espiritual. Recuerda que la vida es corta y nosotros decidimos donde enfocar nuestra atención, nosotros somos los dueños de nuestras emociones, nosotros somos los que decidimos donde, como y cuando aplicarlas.

Todo ocupa lugar, libera tu mente y tu atención para llenarlo de cosas que te importen profundamente, elimina el ruido y la negatividad.

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